domingo, 24 de junio de 2012

Bibliotecas imaginarias, o dónde quedan los libros





No sé si soy un gran lector, pero no puedo negar mi debilidad por los libros. Pasar delante de una librería es ya frenar mi marcha para ver qué hay. No interesa si se trata de libros recientes o de tiempos pasados, aunque los libros viejos tienen un atractivo especial. No importa incluso el idioma, ya que en ocasiones he comprado libros impresos en lenguas que no comprendo.

Cada vez que me hago de un libro, éste pasa a formar parte de mi biblioteca. Un nuevo integrante se incorpora al conjunto. Pero un conjunto de libros reunidos en un espacio no es una biblioteca, al igual que un conjunto de páginas impresas no hace un libro. Para que un conjunto de libros sea una biblioteca, ese conjunto debe tener un orden, una organización, una jerarquía. De este modo, un libro se encuentra junto a otro de acuerdo con algún criterio; pero ¿cuál?, ¿cómo se elige ese criterio?, ¿dónde ubicar los Elementos de Euclides: entre los libros de geometría o entre los libros de historia de la ciencia? Los bibliotecarios, esos personajes que transitan por pasillos construidos de estanterías atiborradas de libros, conocen muy bien el problema. Un libro mal guardado es inhallable. El mejor lugar para esconder un libro es una biblioteca. Y así como me atrae un libro, también la configuración de la biblioteca despierta mi curiosidad imaginando diferentes disposiciones.

Un libro considerado como simple objeto material tiene determinadas dimensiones, y se nos hace patente a partir de su volumen. Esta apreciación empírica del libro fue valorada por Locke quien, se dice, ordenaba sus libros por sus tamaños. Extraña decisión para un filósofo, ya que, de adoptarse esta modalidad, la guía telefónica de Tokio estaría junto a una Biblia alemana del siglo XIX, al igual que un pequeño libro de horas de la Edad Media quedaría a continuación de un diminuto manual de ingeniería de estructuras en hierro.

He pensado una sala octogonal con un escritorio en el centro. Las estanterías cubren todo el perímetro y se elevan a doble altura por las paredes que rematan en ventanas superiores que dejan entrar la luz natural. Una cúpula cubre el espacio. Sentado en el centro de la sala, estoy a igual distancia de cualquier libro. El perímetro está dividido en sectores, según diferentes temas (historia, filosofía, arte, ciencia…). Entonces se evidencia el problema: establecer las categorías que me permiten clasificar un libro. Dewey dio una respuesta decimal, y frecuentemente he tenido la sensación de que la formalidad del número destruye la identidad el libro.

He leído sobre alguien que ordenaba sus libros según la amistad o enemistad que se verificara entre los autores. Dos libros se encontraban juntos si sus autores compartían ideas comunes. Pero, si tiempo después estos autores se peleaban, un libro era trasladado a otro estante. Esta biblioteca muestra el diálogo intelectual entre autores.

A veces una biblioteca parece un laberinto; y, en efecto, lo es. Deambular por un pasillo que en un punto se bifurca propone un discurso en nuestra mente. Camino por el pasillo de la biología que más adelante se abre en zoología y botánica, y continuando por el de la zoología deberé decidir si elijo caminar por el pasillo de los vertebrados o por el de los invertebrados. La dialéctica platónica parece tener aquí su lugar.

He diseñado una sala cuadrada cuyos lados están orientados según los cuatro puntos cardinales. Allí los libros se ubican en la pared correspondiente, según su lugar de proveniencia. Esta biblioteca es la manifestación de la geografía del pensamiento universal.

Puedo leer libros impresos en cuatro o cinco idiomas diferentes, lo cual me sugiere un orden lingüístico: el grupo de los libros en árabe, el grupo de los libros en español, el grupo de los libros en griego, el grupo de los libros en inglés, el grupo de los libros en italiano, el grupo de los libros en latín, el grupo de los libros en sánscrito,…
La relación que mantenemos con los libros es una cuestión de íntimas valoraciones personales. Así, una biblioteca tendrá más accesibles los libros más queridos o leídos por su poseedor, y dejará en rincones incómodos los menos apreciados. Estas bibliotecas son una radiografía de los espíritus particulares.

Los libros son parte de la historia, y por ello puedo ordenarlos según su fecha de publicación. Una biblioteca tal da cuenta de la evolución del pensamiento universal en la linealidad del tiempo histórico.

Incorporamos libros a nuestra biblioteca por diferentes motivos: los libros que he comprado por gusto, los libros que he comprado por obligación de estudio o de trabajo, los libros que me han regalado y que me gustan, los libros que me han regalado y que no me gustan tanto, los libros que he encontrado abandonados o perdidos. Esta biblioteca está dispersa en la geografía de mi hogar, según las diversas valoraciones espaciales. La biblioteca muestra mi empatía con cada libro que la compone.

Adquirimos un libro en un momento concreto de nuestras vidas, y puedo, entonces, ordenar mis libros según la secuencia de adquisición: el libro que he adquirido el mes pasado, los libros que he adquirido durante este año, los libros que he adquirido en años anteriores, los libros que ya estaban en mi casa cuando nací.

Un libro exige mi tiempo para la lectura. Leo un libro en un momento particular de mi vida, que no siempre coincide con el momento en el que lo he adquirido. Entonces los libros se suceden según otro orden temporal, más genuino, y la datación de las lecturas de mis libros es la datación de mi conciencia. Es una biblioteca del tiempo que se compone de un corredor único. Al transitarlo, retrocedo en mi memoria y reconstruyo mi pasado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario